Lo básico es lo que importa

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Pedro Vera
Martes, 19 de Julio de 2011 09:47
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La calidad de vida es un concepto subjetivo y complejo que depende no sólo de los recursos que las personas tienen y utilizan sino de sus expectativas, determinadas por las referencias sociales que imperan a su alrededor. Aceptando estas premisas, podríamos pensar que la calidad de vida de las personas puede mejorarse tanto a través del desarrollo de bienes y servicios y el acceso real a los mismos, como interviniendo en la gestación de esas referencias sociales mediante iniciativas educativas, formativas y culturales.

En esta línea, el libro "Desigualdad, un análisis de la (in)felicidad colectiva" (2009), de los sociólogos británicos Richard Wilkinson y Kate Pickett, demuestra magistralmente que, cuando se tiene acceso a los recursos esenciales que permiten una calidad de vida básica, como la seguridad, la alimentación, la vivienda, la sanidad o la educación, el factor que mejor explica el bienestar de los ciudadanos no es cuánto se tiene, sino cómo se reparte, concluyendo que la desigualdad es la causa fundamental no sólo de los males sociales sino de su percepción y del malestar que trae consigo.

Así mismo, el famoso libro póstumo del también británico Tony Judt "Algo va mal" (2010) utiliza explícitamente los argumentos de estos sociólogos para señalar que el crecimiento ininterrumpido de los mercados, a costa de lo que sea y en detrimento de las economías individuales de los que ocupan las capas sociales más bajas, no es una buena solución, abogando por recrear los valores colectivos y el compromiso político, idea que parece haber recuperado el movimiento 15-M.

Mientras tanto, el sistema económico y político oficial defiende la imperiosa necesidad de crecer económicamente por encima del 2-3% del PIB para mantener nuestro estado del bienestar en marcha, enfrentándose así tanto a la idea que se deriva del concepto de sostenibilidad, entendida como la forma de satisfacer las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras, como a la idea que encierra el propio concepto de desarrollo sostenible, aquel capaz de satisfacer las necesidades de la sociedad actual, viviendo dentro de los límites ecológicos del planeta, para no arriesgar las posibilidades de quienes lo habitarán en el futuro.

Por su parte, los expertos en historiografía concluyen que un determinado sistema social está alcanzando sus límites cuando para resolver un problema presente genera un problema mayor a medio o largo plazo, que es exactamente lo que ocurre cuando hablamos de la necesidad de que crezca nuestra economía para mantener el empleo y, al mismo tiempo, somos conscientes de los límites del crecimiento por razones de orden ecológico.

Efectivamente, parece que algo va mal en nuestra sociedad. Tendrán razón los que proclaman que lo básico es lo que importa.

Artículo publicado en el diario Levante El Mercantil Valenciano el pasado 10 de julio.